martes, 3 de enero de 2017

ejemplos de diferentes tipos de texto

Texto Descriptivo

 1.-Ejemplo de texto descriptivo literario (retrato)

Doña Uzeada de Ribera Maldonado de Bracamonte y Anaya era baja, rechoncha, abigotada. Ya no existia razon para llamar talle al suyo. Sus colores vivos, sanos, podian mas que el albayalde y el soliman del afeite, con que se blanqueaba por simular melancolias. Gastaba dos parches oscuros, adheridos a las sienes y que fingian medicamentos. Tenia los ojitos ratoniles, maliciosos. Sabia dilatarlos duramente o desmayarlos con recato o levantarlos con disimulo. Caminaba contoneando las imposibles caderas y era dificil, al verla, no asociar su estampa achaparrada con la de ciertos palmipedos domesticos. Sortijas celestes y azules le ahorcaban las falanges
2.- Era un hombre de unos cuarenta años, de estatura y constitución normales; el subido color de su semblante ponía en evidencia un temperamento sanguíneo; su expresión era fría, y en sus facciones, que nada tenían de particular, sobresalía una nariz asaz voluminosa, a guisa de bauprés, como para caracterizar al hombre predestinado a los descubrimientos; sus ojos, de mirada muy apacible y más inteligente que audaz, otorgaban un gran encanto a su fisonomía; sus brazos eran largos y sus pies se apoyaban en el suelo con el aplomo propio de los grandes andarines.

1.-Ejemplo de Texto Narrativo

Un tigre que cuando cachorro habia sido capturado por humanos fue liberado luego de varios años de vida domestica. La vida entre los hombres no habia menguado sus fuerzas ni sus instintos; en cuanto lo liberaron, corrio a la selva. Ya en la espesura, sus hermanos teniéndolo otra vez entre ellos, le preguntaron:
-¿Que has aprendido?
El tigre medito sin prisa. Quería transmitirles algún concepto sabio, trascendente. Recordó un comentario humano: "Los tigres no son inmortales. Creen que son inmortales porque ignoran la muerte, ignoran que morirán."
Ah, pensó el tigre para sus adentros, ese es un pensamiento que los sorprenderá: no somos inmortales, la vida no es eterna. -Aprendí esto- dijo por fin-. No somos inmortales solo ignoramos que alguna vez vamos a....
Los otros tigres no lo dejaron terminar de hablar, se abalanzaron sobre el, le mordieron el cuello y lo vieron desangrarse hasta morir. Es el problema de los enfermos de muerte -dijo uno de los felinos-. Se tornan resentidos y quieren contagiar a todos.''
2.-…Estábamos caminando por la senda, cuando de repente oímos algo, era el galopar de corceles, no sabíamos si eran amigos o enemigos, así que nos refugiamos entre los árboles y nos aprestamos a desenvainar las espadas, y vimos cómo se detenían ante un claro. Entonces Gunter hablo en voz alta hacia los que estaban en el claro.
-He los de ahí, ¿quiénes sois?
_¡calla! - le replicó Wolf- ¿que no vez que son muchos y están bien armados?
Entonces Gunter nos dijo en vos alta- ¡no temáis! Son nuestros amigos, son los hambres de Friedrich, él nos dijo que nos mandaría refuerzos antes de que comenzara la batalla.
_¡como sabes que son los hombres de Friedrich?- replicó Bronk
Es fácil – dijo Gunter- he reconocido a Lumbeck, el sobrino de Friedrich.
Y efectivamente Lumbeck era quien comandaba a los guerreros. Cuando nos vieron y nos saludamos afectuosamente, Minlick, sacó odres de vino y un cuerno de aguamiel, y brindamos porque ahora éramos más y de esta manera podíamos atacar el castillo de Filmeshort, y derrotar al traidor Vulguk, quien se había revelado y aliado a nuestros enemigos…

Texto Argumentativo

Ejemplo 1: La diabetes y la importancia de una dieta saludable

Muchas personas creen que la palabra “dieta” implica comer menos y solo aquellas comidas que no nos gustan. Se trata de un prejuicio que impera en gran parte de la sociedad.
Sin embargo, dieta, realmente, significa la manera en que una persona se alimenta. Algunos tienen una dieta saludable, y otras, no tanto.
¿A quien no le gusta comer todo lo que quiera, sin tener que preocuparse de saber cuantas calorias tiene un determinado alimento? Sin embargo, si abusamos con una dieta poco nutritiva, los resultados para nuestra salud pueden ser graves.Una de las consecuencias de una mala alimentación, es la enfermedad conocida como diabetes. Se trata de una enfermedad que afecta a millones de personas en todo el mundo. Y lo peor es que, hasta ahora, no se ha podido encontrar alguna cura para este mal.
La diabetes, en la definicion de la Organizacion Mundial de la Salud (OMS) es una enfermedad crónica que aparece cuando el páncreas no produce insulina suficiente o cuando el organismo no utiliza eficazmente la insulina que produce. Dicha organizacione estima que existen más de 300 millones de personas afectadas. De entre las varias recomendaciones que hace la OMS para prevenir la diabetes, rescatamos la que habla de “Alcanzar y mantener un peso corporal saludable”
Es decir, mantener una dieta equilibrada es una excelente forma de luchar contra esta enfermedad.
Ejemplo 2: El uso de internet en los adolescentes
Internet se ha convertido hoy día en una herramienta indispensable en la vida de las personas. Sería difícil, especialmente para los más jóvenes, concebir un mundo en el cual “no estemos conectados”
Ingo Lackerbauer, en su libro "Internet", señala que la importancia de internet en el futuro desborda todo lo acontecido hasta ahora, se está convirtiendo en el "medio de comunicación global".
No hace falta explicar con detalles los beneficios de estas maravilloso invento tecnológico. Nos permite educarnos, conocer, disfrutar. Es decir, es una herramienta  multiuso.Precisamente, es este uso el que puede volverse negativo. Estamos hablando de la adicción al internet. Muchos jóvenes pasan una gran parte del dia navegando por páginas, publicando en las  redes sociales, o viendo videos en youtube.
Usar el internet para el entretenimiento no es algo malo en sí. Lo malo es abusar. El mundo de la web está plagado de conocimientos muy útiles, lo ideal sería también utilizarse en esa faceta, y que no sea solo como manera de ocio.
¿Cuales son los perjuicios que puede acarrear la adicción a internet?.  Debido a que el adolescente pasa un tiempo considerable frente al ordenador, una de las mayores consecuencias es la pérdida de una vida social activa. Es probable que pierda el contacto que tenga con sus amigos más cercanos, y pasé más tiempo con los amigos “virtuales”

Ejemplo de Texto Expositivo

ejemplo 1
  • Los flamencos son aves gregarias altamente especializadas, que habitan sistemas salinos de donde obtienen su alimento (compuesto generalmente de algas microscópicas e invertebrados) y materiales para desarrollar sus hábitos reproductivos.*
  • Las tres especies de flamencos sudamericanos obtienen su alimento desde el sedimento limoso del fondo de lagunas o espejos lacustre-salinos de salares, El pico del flamenco actúa como una bomba filtrante. El agua y los sedimentos superficiales pasan a través de lamelas en las que quedan depositadas las presas que ingieren. La alimentación consiste principalmente en diferentes especies de algas diatomeas, pequeños moluscos, crustáceos y larvas de algunos insectos... *
  • Para ingerir el alimento, abren y cierran el pico constantemente produciendo un chasquido leve en el agua, y luego levantan la cabeza como para ingerir lo retenido por el pico. En ocasiones, se puede observar cierta agresividad entre los miembros de la misma especie y frente a las otras especies cuando esta buscando su alimento, originada posiblemente por conflictos de territorialidad.*

Ejemplo de texto expositivo N° 2:
Extracto de la biografía de Napoleón Bonaparte

Nacido Napoleone di Buonaparte (Nabolione o Nabulione en corso), sólo un año después de que Francia comprara la isla de Córcega a la República de Génova.Napoleone, años después, cambió su nombre por el afrancesado Napoléon Bonaparte. El registro más antiguo de este nombre aparece en un informe oficial fechado el 28 de marzo de 1796.
Su familia formaba parte de la nobleza local. Su padre, Carlo Buonaparte, abogado, fue nombrado en 1778 representante de Córcega en la corte de Luis XVI, lugar donde permaneció por varios años, por lo que fue su madre, María Letizia Ramolino, la figura fundamental de su niñez

Ejemplo de Texto Instructivo

RECETA PARA UN PASTEL DE CIRUELA
Ingredientes:
  • ciruelas pasa, 3/4 kilo
  • azucar, 2 cucharadas
  • harina, 150 gramos
  • leche, l vaso
  • huevos, 3 unidades
  • manteca
  • sal a gusto
Preparación
  1. Colocar la leche, la harina, los huevos, la sal y el azucar en un recipiente
  2. Batir todo bien.
  3. Dejar enfriar en la heladera durante 2 horas.
  4. Untar una fuente de horno con manteca. 5.Colocar las ciruelas y cubrirlas con la masa hecha anteriormente.
  5. Añadir el azucar y poner al horno, lo mas fuerte posible, durante 4 o 5 minutos.
  6. Servir templado en la misma fuente.

ejemplo 2

Instructivo de cómo hacer jabón casero:

Ingredientes

Grasa: Manteca de cerdo Aceite de coco.
Un litro y medio de agua filtrada.
300 gramos de sosa acústica.
Kilo y medio de manteca de cerdo o en su caso aceite de coco.
7 mililitros de aceite aromático.
10 gotas de colorante de pastelería (color al gusto).

Herramientas necesarias para la preparación
Guantes de hule o látex.
Cuchillo.
Molde de plástico.
Bote o jarra graduado para medir.
Una olla.
Cuchara de plástico o madera para revolver.
Trapo de limpiar.
Cubetas bacías y limpias.
Bandeja o charola de metal y cuchara metálica.
Bogles o lentes para proteger los ojos.

Instrucciones:

Paso 1
Con la olla graduada, medir el agua y colocarla en una olla, y ponerla a calentar pero sin hervir.

Paso 2
Verter el agua caliente en una de las cubetas

Paso 3
Colocarse los guantes de goma o látex y los lentes protectores.

Paso 4
Verter la Sosa acústica en la cubeta con agua caliente.

Paso 5
Revolver cuidadosamente con la cuchara de plástico (o madera) la solución caliente.

Paso 6
Calentar y derretir la manteca de cerdo o el aceite de coco, cuidando que no esté hirviendo).

Paso 7
Vaciar cuidadosamente la manteca derretida en la otra cubeta bacía, luego vaciar con cuidado el agua con sosa acústica en la cubeta con la grasa derretida y revolverla agregando el aceite aromático y los colorantes.

Paso 8
Revolver los ingredientes con cuidado, buscando el punto exacto, de lo contrario la mezcla se “cortará”.

Paso 9
Vaciar la mezcla en el molde de plástico.

Paso 10
Esperar de treinta cuarenta minutos reposar la mezcla en el molde de plástico y si sale aceite en la parte superior, retirarlo con la cuchara de metal con cuidado.

Paso 11
Dejarlo reposar varias horas hasta que se enfríe y “solidifique”, (para ese entonces ya habrá cambiado de color) para poder pasarlo con cuidado del molde a la bandeja o charola de metal.

Paso 12
Con el cuchillo pulir las escorias y salientes que pudieran haber quedado luego de la extracción del molde.

Paso 13
El jabón aún no está listo para ser utilizado, para ello deberá ser “curado”, esto se hace envolviéndolo con una toalla o trapo durante siete días, al cabo de los cuales ya estará apto para usarse.

Paso 14 (opcional).
Si no estás conforme con la figura que obtuviste al sacarlos del molde, puedes darle forma utilizando con cuidado el cuchillo, ya para este entonces el resultado obtenido debe ser un jabón espumoso y con fragancia.



cuento Lenguaje Cabalístico de oscar de la borbolla

Lenguaje Cabalístico
Escribo, porque no he encontrado una mejor manera de tocarte, ni otra avenida que esta calzada de palabras desde la que te puedo mostrar cierto sistema planetario al que todavía guardo una profunda estimación. ¿Cómo evitar que el día quede hundido sin objeto en las calles irregulares de la ciudad? ¿Cómo impedir que escapes, que desaparezcas al torcer una esquina? Aquí te vuelves un murmullo y tu respiración es el vapor de la tinta al secarse; este es el sitio al que acudes puntual o donde me esperas dormida. Aquí siempre es de noche cuando vuelvo tras haberme extraviado en la rutina, o después de perseguir, junto con otros cuervos, objetos cuyo brillo resultó falso. Yo adquiero aquí ese trasfondo al que te llevo, porque no es solo tu sexo, ni el imán de tus senos desbordados en la mesa, ni tu vientre que termina en un oasis negro. Escribo, porque no es sólo tu cuerpo ni yo el suicida paseándose nervioso en la azotea ni es solamente el tiempo. Es más bien una forma para que las vocales rueden como el sudor por tus labios.Tú vienes aquí para cobrar esa profundidad que te falta, esa raíz sin la cual los meses giran inútilmente. Pero tu propio hallazgo no te deja tranquila: piensas que no eres completamente tú, que no es tuyo el brazo que mueves cuando desde la puerta dices adiós; que esa mano demasiado interesada en hurgar mis papeles no puede ser la tuya y que tu rostro poco tiene que ver con la línea que te prolonga por el canal de estos renglones. Y es cierto, tampoco esta duda y esta inconformidad te pertenecen. Aquí nada se parece a nada, aunque cada imagen sea tu imagen y cada sonrisa salga de ti. Aquí es donde yo escribo prolongando el rumbo de una mirada o la ruta de un ademán. Aquí, con el humo y la caligrafía, te hago bajar los párpados y extiendo tu cuerpo. Porque finalmente ninguna evasiva te sirve: ni la parvada de ángeles mutilados que aletean en ese sueño, ni los días que no recuerdas al repasar la semana una y otra vez, ni tu boca que pretende huir por el margen izquierdo de esta página donde apareces tendida sin voluntad. Eres esa colina que momentáneamente forma el oleaje del papel, cuando mi mano entorpecida por tu aparición palpa su superficie o vuelve atrás colocando puntos y tildes. Y al leer estas palabras, sin que lo puedas evitar, por mas que bajes la voz, vibran tus labios y este sonido te recorre la piel.Después será el silencio, las calles que se alargan hasta la madrugada y los faroles de siempre desvelándose solitarios hasta el amanecer, y vendrá, no lo dudes, el goteo infinito del abecedario con sus frases hechas. Después dejarás de ver estas palabras donde mis dedos convertidos en sílabas te recorren y humedecen. Después no será nada: a lo más una huella digital que se borra en tu cuello o en tu cintura. Pero ahora, entiéndelo, ya no son las palabras lo que escuchas: es el ruido de la pluma al dibujar tus consonantes, es la puntuación que se desplaza por tus piernas y las marca con lunas ortográficas: es por fin tu cuerpo jadeante.

cuento Manifiesto Ucrónico de oscar de la borbolla

Hartos de callar. Hartos de mantener ese silencio que sirve de mordaza y vuelve llevadera la injusticia. En contra de los traidores y los equivocados, de los cómplices inconscientes y de los verdugos de vocación. Contra todos aquellos que con su ignorancia o ingenuidad, o con su espaldarazo meditado y científico brindan su irresponsable apoyo al desastre. Y en contra también de los que canalizan la protesta hacia infiernitos o perfilan su crítica para distraer con minucias la generalizada inconformidad, elevamos este Manifiesto.
No nos mueve a ello ningún hecho reciente, ni siquiera la reiterada y procaz indiferencia e ineficacia que caracterizan las decisiones de este tiempo, sino la vergonzante confirmación, repetida como un delirio, de que en todos los pueblos –geográfica e históricamente revisados– predomina la sujeción, el sometimiento y la represión. Tal pareciera que un único designio gobierna el mundo desde sus inicios: oprimir al hombre, sujetarlo como a los gansos que se clavan al piso para que graznen y le crezca el hígado, o doblarlo como a una carta que se envía a la vida y que debe pasar por la estrecha ranura del buzón.
Por ello juzgamos necesario, nos sentimos obligados, reconocemos lo imperativo de suspender esta producción de paté foiegras y de vidas timbradas que desembocan en la dirección de la muerte sin otro remitente que el absurdo o la nada. Pues aunque el coro de la ortodoxia oficial ha comenzado a reconocer la crisis, y los corifeos de la disidencia se desgañiten al enfatizarla, todavía no se deja oír la voz que dé en el blanco del desastre. La voz que señale, sin rodeos ni matices, el verdadero motivo de la protesta; porque hasta hoy la insatisfacción metafísica ha sido capitalizada por grupúsculos políticos con idearios miserables que, al no proponer horizontes sucesivos hasta el infinito, sino metas mediocres más allá de las cuales se abre el acantilado de la desesperanza, frustran a los rebeldes y transforman su indignación en desgano y sus sueños en pesimismo.
Esta es la razón de quebrantar el silencio de los adormecidos o el ruido vocinglero de las estridencias políticas, y ésta la justificación que nos da derecho a tomar la palabra por todos aquellos que, como nosotros, se rasgan el vientre con un puñal japonés, se levantan el capacete del cuero cabelludo de un balazo, se arrojan al precipicio de un puente, se empastillan con cianuro, se amarran al cuello una piedra que florece en ondas sobre la espantada superficie de un lago, se tiran a la cama de una habitación perfumada con gas, se serruchan las muñecas en un baño público, se rocían de gasolina en un bosque donde se prohíben las fogatas o inauguran una desviación hacia el paisaje abierto de la barranca, o saltan al fondo del alcohol o al fondo del opio o al fondo de un recuerdo o al fondo de un libro que vale más que la vida diaria que se desperdicia.
Adquirimos el derecho de tomar la palabra –y también nuestros motivos– de la montaña de cacharros donde se han acumulando los actos sin despliegue de los temerosos, los actos que abandonan los arrepentidos, las promesas rotas y, en general, todas las acciones tronchadas por la conspiración de los vitaltraidores, pues más allá de ellos, más allá del impedimento de las estrechas condiciones reales o de la mezquindad de quien no supo, no quiso o no pudo llevar sus deseos hasta el fondo, más allá: en esa montaña de despojos donde hincamos nuestro derecho de tomar la palabra, germina la fuerza de esos actos huérfanos reclamando un protagonista que la encarne, alguien dispuesto a ponerse delante del toro desbocado de la marcha histórica, un nuevo movimiento capaz de descarrilar la inercia humana y hacer que se estrelle en el espejo de sus desatinos. Un movimiento comprometido, nada más, con el limbo imperecedero de los anhelos y los sueños incumplidos del hombre.
Nuestra oposición, en consecuencia, no puede ser parcial. Los críticos parciales, partidistas (y no se han conocido otros), cumplen un papel funcional: generan las enmiendas, los parches, los pegotes que sirven para reestructurar las sociedades; son pivotes de escape que aplazan la explosión; son reformistas que sólo atacan una ley o buscan un sistema distinto, como si la ley o el sistema no fuesen simples fragmentos de una realidad más compleja, de una totalidad completamente insufrible.
Nosotros estamos en contra de la ordenanza estúpida, del decreto perjudicial; pero también en contra de la disposición certera, de la orden correcta, pues la esencia misma del mandato es la represión.
Nosotros estamos en contra de los gorilas públicos que desde el poder asesinan y queman a los disidentes, y en contra de los gorilas privados que en un callejón arrebatan al que pasa su verdadero y único patrimonio: la vida. Pero también en contra de la muerte que acreditada como ley natural siega año con año y mes a mes a millones de seres sin reparar siquiera en la índole personal de aquellos a quienes aplasta. Estamos en contra de esa ley que pretende ostentar su ceguera como equidad cabal y no es sino la peor de las canalladas y la más grande de las injusticias. Estamos en contra de la muerte y en contra de sus más eficaces instrumentos: los dictadores que multiplican su capacidad de aniquilación desde el poder.
Desaprobamos la injusta desigualdad social, pues no sólo condena al hambre a más de las tres cuartas partes de la población del mundo, sino que agrava con las taras de la anemia el desequilibrio de una biología de por sí arbitraria que asigna a cada individuo una inequitativa dotación psicobiológica. Desaprobamos el orden genético pues, más allá de todo esfuerzo de instauración de la justicia y de cualquier intento de reparto equitativo, siempre ha desnivelado las posibilidades humanas. Nos declaramos también enemigos del racismo, del racismo con el que se agrede a todos aquellos que son discriminados por cualquier causa, pues la exclusión es una práctica universal en la que el desprecio ejerce sus infamias indistintamente contra los débiles sean negros o blancos, cobrizos o amarillos, grupos minoritarios o mayorías interminables. Nuestro antirracismo propone la inclusión absoluta, pues no es posible que siendo el universo un espacio infinito no quepa todo en un jarrito sabiéndolo respetar.
Estamos, pues, en contra del dolor y de la muerte, de la escasez de oportunidades y de la falta de libertad para poder tener muchas vidas distintas y no estar asfixiados por ninguna. Nos inconformamos ante el hecho de tener que cargar con nuestro pasado y no poder cambiarlo como quien se muda de ropa o elige otro dentífrico. ¿Por qué no todo el mundo puede hacer y vivir lo que le plazca, en lugar de tener que hacer aquello a que lo obligan y las más de las veces lo que puede? ¿Por qué sólo tenemos este remedo de vida suficiente para encender la pira inmoral de la subsistencia?
Impugnamos a los políticos que por motivos inconfesables o por ineptitud probada no han conducido a la sociedad hacia el mundo al que apuntan los suspiros utópicos.
Impugnamos a los científicos por no haber aplicado toda su ciencia en reparar las graves fallas del cosmos.
Impugnamos a los artistas y a los intelectuales que con su genio no han sabido poner o siquiera proponer un mundo hacia el que habríamos podido dirigirnos.
Impugnamos a los vendedores por no vender las claves de la vida o al menos una satisfacción duradera.
Impugnamos a los ingenieros que no hacen casas donde pueda caber toda la gente, ni los puentes para que la humanidad atraviese hacia la otra orilla.
Impugnamos a los médicos que no encuentran el remedio definitivo contra la gripe y la muerte.
Impugnamos a los barrenderos que no barren tanta indignidad y podredumbre.
Impugnamos a los obreros que no han construido el brazo de palanca ni la catapulta que podría levantarnos y, en síntesis,
Impugnamos a todos los seres humanos por su milenaria semejanza con los taxistas, pues sólo son capaces de ir al sitio que se les ordena por más que elijan la ruta más larga, la del rodeo torpe y el errar inútil.
Se ha edificado un mundo ominoso frente al que sólo quedan dos respuestas: despedazarlo hasta sus cimientos y hundirlo en el fondo de las raíces sin memoria o abandonarlo: emprender el éxodo al Mundo Ucrónico: exiliarnos en masa al inconmensurable espacio onírico que resulte de juntar los islotes de nuestros sueños individuales.
Comencemos la fuga. Sólo si universalmente desertamos del mundo real se creará un movimiento capaz de volver inoperante la inercia de un proceso histórico que a estas horas se dirige ya de modo fatal hacia el desastre. No es una convocatoria enloquecida, aunque sí exasperada. En el mundo se ha estrangulado la posibilidad de vivir y, por eso, la alternativa racional, la alternativa sana, la alternativa posible recae, por rigurosa eliminatoria, en una solución fantástica: trasladarnos en bloque a la Ucronía para fundar allí una civilización distinta.
Nadie puede tachar de utópica una salida en la que no haya empeñado todas sus fuerzas.
¡Por el triunfo de la vida y la ampliación de la esperanza!
¡Por la instauración de un mundo nuevo!
¡Por la posibilidad total de lo imposible!
¡Por la destrucción de la realidad!
¡PROHIBIDO MORIR!

cuento El paraguas de Wittgenstein de oscar dela borbolla

1. Como la gente se conoce o no se conoce nunca, pero total a veces se enamora, suponte que la lluvia te reúne con una mujer debajo de un paraguas. Tú le dices: ¿Me permite? y ella, indecisa y sorprendida, sopesando los pros y los contras te contesta que no, que el paraguas es suyo y que te vayas. Suponte que obedeces y te alejas brincando los charcos y que al cabo de una calle, dos calles, tres calles encuentras un techito para guarecerte y que ahí, precisamente ahí, se oculta el asesino que estaba escrito habría de matarte y que te sale al paso con aquello de la bolsa o la vida, y tú respondes que la vida, porque estás empapado y sientes frío y ganas de morirte o de pedir una taza de café muy caliente, pero como en ese zaguán no hay servicio de cafetería, pues te atraviesa con tremendo cuchillo y desde el suelo miras a tu asesino perderse con tu reloj y tu cartera detrás de la cortina de lluvia de la que sale la muchacha que no te quiso asilar bajo su paraguas, y cuando ella pasa: tú mueres.

1.1 Suponte que el cielo existe y que se te ocurrió morir a las seis de la tarde o, mejor, que tu asesino te haya matado a esa hora o, si lo prefieres, que el tiempo que todo lo coordina haya sincronizado con gran precisión los relojes para que murieras en tu país a las seis de la tarde sin que tú ni tu asesino anduvieran preocupados por la puntualidad. Si el cielo existe, a las seis y cuarto llegarías a sus puertas remolcado por la columna de humo de alguna chimenea próxima al sitio donde habría quedado tu cuerpo. Las puertas están abiertas de par en par, entras, caminas, buscas por uno y otro lado, pero no hay nada, no encuentras a nadie: El cielo es un hangar infinito, piensas y te pasa por la conciencia la imagen de la mujer que en mitad de la lluvia te negó la sombra seca de su paraguas.

1.1.1 Suponte que además de cielo, haya Dios: tu ascenso y llegada son los mismos, sólo que ahora encuentras un mostrador y, detrás del mostrador, un mayordomo de levita verde que te hace señas con su linterna de bencina para que te acerques. Das unos pasos y en el acto descubres en el verde chillón de la levita que el cielo no es lugar para ti, que a ti te corresponden otros pasatiempos: descifrar de por muerte las razones por las que esa mujer se negó a compartir contigo su paraguas, y otros asuntos por el estilo.

1.1.1.1 Suponte que haya Dios y que te está esperando, que cruzas la eternidad y el infinito que no son otra cosa que una fila interminable de salitas de espera, salas y antesalas de espera, y que al final, o lo que tú consideras el final, encuentras unos muebles como de cafetería, con sillones confortables de plástico azul, imitación cuero, y que tomas asiento convencido de que si Dios te aguarda: tú debes reunirte ahí con Él. Palpas el forro azul del sillón y tus antiguos hábitos te hacen desear una leche malteada; pero Dios, aunque te esté esperando, no llega y en su lugar, asociado por la malteada y el deseo, lo que viene a ti es el recuerdo de la mujer que en la lluvia te dijo: No.

1.1.1.2 Suponte que Dios llegue: el recorrido previo podría ser idéntico a excepción, claro está, del color de la levita del mayordomo, porque si Dios llega la levita tendrá que ser color obispo. Tú estás sentado en el sillón azul de plástico deseando una malteada y en ese momento llega Dios disfrazado de camarero y sobre una charola trae precisamente esa malteada que tú deseas; viene con corbata de moño y un higiénico bonete en la cabeza. Tú te levantas respetuoso y lo invitas a sentarse, Dios accede y le convidas un sorbo de tu leche, pero Él declina y te explica que acaba de comer, que te lo agradece pero que no tiene apetito. Tú retrocedes apenado: comprendes que fue impropia la manera confianzuda con la que le ofreciste el sorbo y, temeroso de haber cometido una imprudencia, preguntas si se puede fumar. Te responde que sí y hasta te acepta un cigarro. Tu mano tiembla por estar encendiendo fósforos humanos en la cara de Dios. Sin embargo, Dios aspira y comenta: Son buenos sus cigarros, ¿tabaco rubio? No, contestas sin darte cuenta de que corriges nada menos que a Dios, son de tabaco oscuro. Está menos procesado, ¿verdad?, dice Él, y tú contestas que sí, que se trata de cigarros baratos. Pues están magníficos, asegura Él. Tú aspiras el humo y piensas que no son tan buenos, pero no te atreves a decirlo. Dios mira a su derredor y hace un comentario a propósito del plástico azul de los asientos, algo acerca de que parece cuero. Tú le das la razón, Dios termina su cigarro y dice: Bueno, pues Yo, usted sabe, tengo que irme, ha sido un placer. Tú no atinas a decir nada y, cuando Dios se aleja por entre los sillones que parecen forrados de cuero azul, recuerdas el modo como tu asesino se alejó por la calle mientras llovía y la cara de la mujer que no quiso aceptarte bajo su paraguas.

1.2 Suponte también que no haya nada, que tú te mueres a las seis de la tarde porque la lluvia te obliga a buscar dónde protegerte y el techo hospitalario que te pareció inofensivo ocultaba al criminal que habría de matarte a resultas de que hubo una mujer que no quiso compartir su paraguas contigo. La chimenea soltaría al aire su bocanada sucia, la lluvia atravesaría el humo y lo bajaría al piso vuelto hollín, polvo finísimo mojado que el agua arrastraría junto con tu último suspiro hacia la alcantarilla. Al día siguiente tu cuerpo lavado por la lluvia sería encontrado: Un muerto, gritarían; pero tú no oirías nada, ni siquiera el sonido de la lluvia, ni los pasos de tu asesino, ni el no de la mujer que te excluyó de su paraguas; no oirías ni verías ni sabrías nada: nada de leches malteadas, ni de pláticas con Dios, ni mayordomos de levita, ni sillones que parecen de cuero. No habría nada.

2. Ahora suponte que abajo del paraguas ella te contesta: Sí, claro, acompáñame. Y tú, indeciso y sorprendido por haber repasado algunas consecuencias de su negativa anterior, comienzas a contarle que el "no" que te dijo en otro cuento te lanzó a las manos de un asesino y a unas pláticas con Dios y a una serie de hipótesis que ella festeja riendo, justo cuando pasan frente a la puerta donde está el asesino que espera que tú llegues chorreando para matarte; pasan de largo y, como la tarde está de perros y apenas son las seis, ella propone entrar en la cafetería que queda en la calle siguiente, la cual, por supuesto, tiene los sillones azules. Entran, se sacuden la lluvia que les perla la ropa, y ella pide una leche malteada y tú, un

cuento Asalto al infierno,de Oscar de la Borbolla

luego de tres semanas de estar inmóvil dentro de la tumba, todavía me preocupen los lectores y misuerte literaria: de veras que la vanidad es lo último en morir”.
El amor es como los eclipses: raras veces sucede, pues aunque en principio podamos enamorarnos de cualquiera, en realidad resulta muy difícil: se requiere que esa media burbuja que es nuestro amor emerja hasta la superficie y, además, que coincida con esa otra burbuja incompleta que es el amor ajeno. Por ello, cuando se da, dura un instante como todas las pompas de jabón y los eclipses: el amor es perverso: es como la sed o el hambre, una necesidad, pero una necesidad diferenciada a la que no es posible saciar con cualquier pan, ni con un sorbo tomado en cualquier parte: es una sed sólo de esa agua y un hambre de una persona exacta; pero la persona es infiel a sí misma, inoportuna, no hay modo de bañarnos dos veces en ella, es como el río de Heráclito”.
Yo bajé, Ella subió, en ningún momento nos encontramos”.
¿Cuánto nos falta? Estamos, le respondí, a la mitad del último capítulo. Nos miramos en silencio: los dos sabíamos que era inútil buscar mediante presiones que mi ánimo se atemperara”.
Convoco a todas las fuerzas vivas de la patria, a los jóvenes que tienen fresca la capacidad de indignación, a los de espíritu verdaderamente democrático, a los que sienten un asco espontáneo por la forma como está concebido en más allá; hago un llamado a todos, para que juntos nos vayamos al infierno”.
Es inútil, por lo tanto, describir al Demonio, ya que, salvo los cuernos, que resultan el denominador común, en todo lo demás cada quien trae su propio Diablo en la pupila”.
La vida es un camisón de fuerza que los demás nos ajustan, siempre esperan algo de nosotros: que sigamos fieles a nosotros mismos, que mantengamos nuestra palabra, que demos lo prometido; y si nos apartamos del cauce, de inmediato levantan indignados el retrato de lo que fuimos para exclamar con censura: “Nunca lo creí de ti”, o para decir entre lágrimas: “Me has fallado”, y uno tiene que recular, convertirse en la estatua que los demás aprecian, reasumir su papel y ejecutar por enésima vez la tullida representación de uno mismo con los parlamentos probados”.
Son las seis y media de la tarde y no cambio de tema, insisto: estoy física, espiritual, biológica, sociológica, filosófica, económica, psicológica, química y matemáticamente harto de mi vida y, según mis cálculos, usted también estimado lector: de otro modo no estaría leyendo este libro para distraerse”.
Si cualquier lector tiene el privilegio de seleccionar a sus escritores, es justo que alguna vez un autor ejerza el derecho de decidir quiénes serán sus interlocutores. Considero que la publicación de un texto no es razón suficiente para que cualquier hijo de vecino se crea facultado para meter sus narices donde no lo llaman, y como no voy a volverme críptico para expulsar a nadie de esta página, exijo a los felices que se larguen”.
Una aventura fácil se disuelve muy rápido en el ácido de los días monótonos: es un pivote que nos devuelve tranquilos al cauce de las horas domesticadas”.
Para avanzar es preciso que los pasos no se inscriban en ningún círculo, ni siquiera en la espiral del placer que a cada tanto revive: así se atornilla “el amor consuetudinario”.
…el amor no es a prueba de intrusos…”
Entra las fuerzas que conspiran para hacernos perder el equilibrio no hay ninguna más poderosa que la del imán de la carne…”
…no son las manecitas sublimes del amor, sino las garras dobles del deseo correspondido las que nos arrastran, se enseñorean de la voluntad y, al grito de ahora o nunca, nos lanzan sobre el otro…”
…prefiero ser expulsado para siempre de la liga de los escritores “realistas”, a padecer, mientras escribo, esas atmósferas de sordidez obligatoria, esos personajes insulsos y arrabaleros que atiborran las páginas y las pupilas de miseria: “la verdadera realidad está en otra parte”.

Cuento: Pintar el Paraíso oscar de la borbolla

Desde hace 5 años, todos los domingos vengo al Jardín del Arte a exponer mis cuadros, digo a exponer y no a vender, porque, primero, no siempre vendo y segundo –que es lo más importante– porque mi relación con la pintura no es la de Andy Warhol ni la de Botero. Yo pinto porque en el desfile estrambótico de todo lo que miro, a veces, creo entrever una hoja que sonríe, una pluma de ángel, una crin de unicornio o la manzana primigenia aún sin morder. Quiero pintar el Paraíso del que fuimos expulsados y del que, pese a todo, aquí y allá sigue sobreviviendo algún fragmento, pues estoy convencido de que ni Dios con toda su furia consiguió aniquilarlo. El Paraíso sigue aquí en retazos, a la vista y a la mano; está en la transparencia del agua y en la forma en la que se difuminan las nubes (no en las nubes, sino en su disolución), está en el olor del pan y en el ensamblaje flexible que experimentan los cuerpos en el coito, está en la sensación terrosa de la nieve en la boca y en el peso caliente de la gallina que se sienta a empollar; está en tantas cosas y se asoma tan inesperadamente en tantos lugares que mi obra parece no tener unidad.
El Paraíso estuvo incluso aquí en el Jardín del Arte, en el espacio sombreado por las ramas de este árbol y ocupando lo que medía el ancho de cuatro caballetes. Sí, era una pintora, una compañera que llegó con su obra el día menos pensado. Y yo que vivo acechando las apariciones del Paraíso no supe verlo al principio. Estaba ocupado, como ahora, explicando a un cliente mi trabajo, intentaba hacerle ver que lo valioso del pan de esta pintura no es el efecto hiperrealista que provoca el aerógrafo, sino esa fragancia de paz con la que dice: “Todo está bien, no importa, sigue”; estaba embobado con mi propio rollo y no presté atención a esa sonrisa que no dependía de la breve lúnula de sus labios, sino de una luz que le venía de adentro, como viene de adentro la luz de un tajo de sandía. Llegó y montó sus obras, me hizo una seña de saludo y yo le respondí con una mueca fría.
Pero el Paraíso se venga cuando uno no se maravilla en seguida; se oculta y, durante mucho tiempo, trabaja en silencio su próxima aparición. Y eso fue lo que ocurrió con el de ella: la rutina dominical con su camaradería de bohemios la disfrazo de compañera, de una pintora más entre todos los compas. Aunque, nuestros cuadros, encarados como estaban, iniciaron un diálogo profundo; empezaron a intercambiar reflejos y, poco a poco, como si corrieran por carreteras asintóticas, se hacían más parecidos. Ninguno de los dos lo notó, porque nuestras pinturas venían desde muy lejos: mi pincelada era sin textura y exacta (como conviene al aerógrafo), la suya era larga y temblorosa; no había punto en común entre mi pincel de aire y la violencia de su espátula, y donde más se abismaba la diferencia era en las paletas: la mía empeñada en los blancos; la suya en una estridencia de azules y naranjas y, no obstante, nuestras obras se iban hermanando y a mí, al menos, se me iban volviendo menos pesados los domingos.
Y es que el Paraíso es traidor: se agazapa y brinca; lo va inundando todo silenciosamente hasta que un día, de golpe, se manifiesta con una evidencia insoslayable y es como el rayo que al irrumpir ciega y aturde. Esta revelación ocurrió el día en que los dos llegamos con una obra idéntica. El motivo era el agua, una esfera de agua contra un fondo blanco; todo lo que la rodeaba era blanco y los brillos parecían imposibles. Instalamos las pinturas sobre los caballetes y, al voltear a saludarnos, yo caí en la cuenta de que el Paraíso estaba en ella. Ella, como siempre, me dedicó una sonrisa de compañerismo, pero al percatarse de la absoluta coincidencia de las obras avanzó disgustada hacia mí. Yo quería hablar del milagro; ella de plagio. Yo estaba conmocionado por el asombro y balbuceaba, en ella la indignación crecía a cada palabra y se volvía más elocuente. Yo no entendía nada y ella creía entenderlo todo. Para mí era la primera vez que el Paraíso se mantenía, que no era un mero destello escurridizo y mientras más se dilataba esa presencia, más incoherente me volvía.
Visto por afuera, todo obraba en mi contra, pues al no contestar a las acusaciones sólo quedaba el fallo de un juicio sumario que quedó sintetizado en una frase: Eres despreciable, me dijo y, todavía, en ese momento, no conseguí comprender lo que externamente estaba pasando. Recogió sus cuadros, sus caballetes y se marchó. Me quedé extasiado viéndola, contemplando cómo se iba, cómo el Paraíso se alejaba con ella, cómo se achicaba en la perspectiva, cómo se concentraba en un último punto luminoso que se tragó el fondo del paisaje. Sólo entonces reaccioné: quise alcanzarla, explicarle, decirle lo que significaba para mí. Pero no estaba. No estaba en el fondo del paisaje, ni a la derecha ni a la izquierda de la calle. Dejé de correr: ¿qué caso tenía?, ¿qué sentido podrían tener para ella mis elucubraciones sobre el Paraíso? Me detuve y dócilmente me dejé invadir por la melancolía.
Semanas después volví a encontrarla, se había mudado al otro extremo del Jardín; pero ya no era ella: había regresado a su paleta estridente y a su espátula salvaje. Me vio, giró la cara con el mismo desprecio y yo retrocedí. No valía la pena entrar en explicaciones, porque si algo sé es que el Paraíso no se recupera; se pinta.

Cuento De sirenas a sirenas René Avilés Fabila

Sirenas. Eran éstas unas ninfas del mar que tenían
el poder de he­chi­zar con su canto a todo aquel que
lo oía; los desgraciados mari­ne­ros se sentían
irre­sis­tiblemente a arrojarse al mar y morían
.

Thomas Bulfinch

Por años hemos vivido engañados, qué digo años, por siglos. Todos imaginan a las sirenas como afortunados seres mitad mujer y mitad pez. Yo mismo he llegado a visualizarlas de este modo, aunque en momentos albergué la sos­pecha de que la naturaleza o las deidades hubieran podido hacer una broma pesa­da al ponerlas al revés de nuestras creencias: del cuello hacia abajo, hermosos cuer­pos femeninos, y sobre los hombros cabezas de pez con ojos inexpresivos, repug­nan­tes, fríos, y de esta manera lo escribí.

Estamos equivocados, así no eran las sirenas. No como lo propalaron algunos his­toriadores y poetas. La historia es cambiante y en nada se parece a una ciencia. Mejor dicho, en palabras del erudito Ángel María Garibay: la antigua religión grie­ga no era dogmática "como sucede con religiones elaboradas a un grado superior. Es natural que el pueblo y aun los sabios modificaran a su placer a veces los datos tradicionales".

La verdad se ha impuesto, como suele suceder, y la teoría, alimentada por al­gunas ilustraciones en vasijas, murales y, desde luego en textos clásicos, ahora co­bra certeza al encontrar una serie de pruebas irrefutables que nos muestran que las sirenas, a pesar de que vivían en los océanos, estaban formadas por un cuerpo de ave y rostro de mujer; en consecuencia, carecían de aletas, y en su lugar tenían alas, aunque eran incapaces de volar. Los pingüinos y las gaviotas, por citar dos espe­cies de aves, viven cerca del mar, zambulléndose con frecuencia, encontrando un grato placer dentro de las aguas marinas, sin ser plenamente acuáticas. Según imá­genes de la Grecia clásica, las sirenas realmente eran seres repugnantes y sólo un enfermo de zoofilia extrema tendría relaciones sexuales con ellas.

Al parecer, a la lujuria masculina le debemos la imagen de una bella y sensual mu­jer, de cabellos húmedos y ensortijados, con una cola de pez, sobre una roca, en espera de ilusos. El citado Garibay explica que "se les dio el sentido de seres ávi­dos de experiencias sexuales que por eso intentan atraer a los marinos y pesca­do­res". Ha sido, pues, una especie de símbolo sexual, pero, si uno se topara con una de ellas, ¿cómo hacerle el amor?

No quedan precisas las razones por las cuales se originó la confusión, pero no hay en nuestros días un libro o filme que al describir a las sirenas no las ofrezcan como mitad mujer, mitad pez. Quizá se deba a que resulta más atractivo un ser así que una simple ave, parecida a las de corral, indigna de aparecer en una historia con características de epopeya, cuyo rostro es de mujer fea. Es más bien ridículo. Pero así eran o son. En Sicilia, en una costa abandonada, han encontrado no sólo una multitud de pruebas pintadas en muros y representadas en desconcertantes es­culturas, sino también restos fosilizados de una sirena: huesos de una especie ga­lli­nácea con cráneo femenino. Lo indican asimismo las historias en las paredes de un templo recién excavado por los arqueólogos; su función no era la de encantar y matar marinos: se limitaban a ser extraños personajes de diversión teatral. Apare­cían en los escenarios helénicos y cantaban ante una audiencia que no dejaba de co­mentar algo irreverente: cómo era posible que a aquellos seres pequeños y ri­dículos, grotescos, Zeus les hubiera dado voces tan hermosas.

Las sirenas nacen de la musa Caliope y el dios-río Aqueloo, extraña unión que las engendró. Si hubo irreflexión e incluso perversidad al darles forma, fueron recom­pensadas con una voz de inmensa dulzura y musicalidad (heredada de su madre), que fue la perdición de muchos marinos que las escucharon cantar. Prueba de ello es el tormentoso retorno de Ulises a Ítaca y el osado viaje de los argonautas en bus­ca del vellocino de oro. En el primer caso, Ulises se salvó al seguir la reco­men­da­ción de Circe: su tripulación se puso cera en los oídos para evitar el canto de las sirenas, mientras él, fuertemente sujeto al mástil del barco, podía escucharlas. En el se­gundo, los argonautas evitaron la muerte porque entre ellos iba Orfeo, cuya música era más sonora y hermosa que la de las sirenas.

Es posible que muchas muertes de marinos se deban al choque inesperado con la realidad. Si el hombre que se arroja a las aguas saladas tiene la imagen grabada de una hermosa mujer, de pechos magníficos, qué sucede al encontrar una ridícula y grotesca variedad de gallina, cuyos ojos femeninos coquetean con él: no queda más que morir por la aterradora impresión.

Con el tiempo, la historia -que también tiene una concepción estética que de­fen­der-, prefirió la versión que muestra a las sirenas sensuales con cola de pez, cu­ya belleza cautiva a los hombres, y permitió la extinción de esas patéticas gallináceas de fascinante voz.

MIRABEL – CUENTO DE RENÉ AVILÉS FABILA

Mirabel, mi esposa, era bruja, casi estaba seguro y sólo me faltaban algunas pruebas para proceder a matarla, porque los seres malignos son obra de la mano infernal y no producto de Dios. Desde el principio me sentí atraído por la belleza de Mirabel, por su fino cuerpo, su piel aduraznada y sus rasgos perfectos; pero -y he aquí lo sobrenatural- también me atraía algo que no alcancé a definir y que luego descubrí en medio del pánico: un embrujo disuelto en las primeras tazas de café que me obsequió después de conocerla en un baile de disfraces, donde justamente ella vestía como vieja hechicera medieval. Mis sospechas aumentaron cuando noté que no iba con la frecuencia necesaria a la iglesia y que no llevaba consigo ninguna imagen religiosa y sí, a cambio, como collar, un amuleto indígena: un ojo de venado. Nos casamos y yo comencé a perder el apetito y consecuentemente a debilitarme. Todos los guisos de Mirabel me parecían horrendos y los rechazaba pensando que estarían elaborados con huesos humanos, carne de serpiente y de sapos, plantas extrañas y polvos secretos. Ella, al percatarse, intentaba obligarme a comerlos. Pero yo estaba preparado: había leído todo respecto a brujas y espíritus, vi películas de terror y supe de actos tortuosos. Además, sabía cómo debe reaccionar un buen cristiano ante un embrujamiento: con la cruz y la espada.
En las mañanas, al afeitarme, me revisaba la yugular por si Mirabel era vampiro y aprovechando mi pesado dormir bebía mi sangre. No, las cosas iban por otro rumbo. Una noche descubrí que el sueño agobiante y lleno de tremendas pesadillas se debía a que mi esposa arrojaba en la leche una pastilla blanca. En ese instante decidí poner en juego todo mi valor y mi astucia para eliminar el maleficio que me rodeaba y amenazaba con matarme o con algo peor, vender mi alma al diablo. Fingí beber el asqueroso líquido y utilizando un descuido lo tiré en el baño, luego bostecé, y fui al lecho nupcial donde tantas veces malignos deseos me acometieron y poseí salvajemente a la perversa mujer, sin duda impulsada por hierbas afrodisíacas y pecaminosas. Era el momento indicado: llovía, y fuera del ruido del agua había un silencio sepulcral. Cerca de las doce simulé dormir y, como lo esperaba, mi esposa entró, me movió, dijo tres veces mi nombre; al no obtener respuesta, de un pequeño sobre sacó un libro negro: malvados rezos e invocaciones a Satanás y dejó el cuarto. Al poco rato escuché sus pasos en la cocina y percibí aromas muy extraños. Tratando de ser cauto fui a vigilarla de cerca y desde la puerta espié: un dantesco espectáculo se mostraba impúdicamente: Mirabel, con los ojos enrojecidos, trabajaba sobre un caldero. Maldecía, consultaba el libro negro y con un cucharón agitaba el espeso y oscuro líquido. Ahí la prueba definitiva, más no podía exigirse. Ahora sólo tenía que actuar rápido. A estas alturas del siglo imposible enjuiciarla y quemarla viva en leña verde en la plaza principal: yo tendría que ser el juez y verdugo que salvara a la sociedad de un peligro semejante. Hice acopio de valor, pues confieso que el miedo me petrificaba y mis movimientos parecían darse en cámara lenta, desandé el camino, tomé el revólver y volví a la cocina. Grité, ¡muere en nombre de Dios, monstruo malvado!, y disparé toda la carga del cilindro. Un horrible chillido fue todo lo que pude escuchar. Luego permanecí inmóvil ante el cadáver de la bruja tal vez esperando algo insólito, pero nada sucedió. Entraron la policía y los vecinos y yo permanecía en la misma posición: ahora rezaba y daba gracias al cielo por permitirme llevar adelante mi obra.
Fue después, durante el proceso, que supe la verdad. Mirabel no era bruja. Simplemente quería darme una sorpresa al notar que sus guisos no eran de mi agrado: por las noches practicaba la cocina y las pastillas que disolvía en la leche eran polivitaminas con las que deseaba anular mi debilidad. La vez de su muerte tenía los ojos enrojecidos porque en el caldero había demasiados condimentos y el libro negro resultó ser un modesto recetario.
Mi castigo no es la prisión, sino el obsesionante recuerdo de la belleza de Mirabel. Por eso en las noches me oyen gritarle, llamarla, exigir un hechizo que me la regrese. Y luego febrilmente me enfrasco en las posibilidades de encontrarla en el otro mundo si es que ella perdonó mi estupidez y si es que hay otro mundo, porque ahora que mis lecturas son libros científicos, lo dudo.

cuento El otro Pigmalión y la otra Galatea de René Avilés Fabila

Pero hubo otro Pigmalión y otra Galatea, ahora gracias al talento de George Bernard Shaw. Esta vez la eterna historia de los enamorados se ve reflejada en un hombre educado y fino y
 una florista como tal, humilde e ignorante. La historia fue convertida en obra teatral; escrita en Londres entre 1912 y 1913, ha sido representada siempre con gran éxito. La cinematografía la hizo más célebre aún merced a una versión musical, My Fair Lady, con Audrey Hepburn y Rex Harrison. El personaje masculino central, Henry Higgins, es un especialista en fonética y el femenino, Eliza Doolitle, una jovencita de terribles acentos arrabaleros y un divertido manejo del caló. Se convierten en maestro y alumna y la modesta vendedora callejera resulta una dama culta y distinguida, capaz de ser inmediatamente incorporada a la más refinada sociedad de su tiempo, la difícil época victoriana de Inglaterra.

Nadie alberga muchas dudas sobre las intenciones de Shaw: ser él mismo el modelo del personaje central, sólo él sería capaz de conseguir el milagro de una metamorfosis incomparable, semejante a la del afamado Pigmalión. Pero hay mucho más: el dramaturgo y ensayista no necesitaría del apoyo de Afrodita, su arte lo conseguiría. Sabemos de la imperiosa necesidad que tienen los artistas en ser arrogantes, su necesidad de elogios y reconocimientos puede ser insaciable y digna de piedad, pues se convierten en dueños de una asombrosa y tal vez irritante vanidad. El propio Shaw dice en Hombre y superhombre: “Mis personajes tienen razón desde sus diferentes puntos de vista y, en el momento dramático, sus puntos de vista son también míos.” Así que no hay duda: Pigmalión es él.

Atento lector de Marx (leyó El Capital en 1882 en la misma sala del Museo Británico en que fue escrita la monumental obra), derivó hacia un socialismo menos dramático (al fin Shaw gustaba de la comedia y consecuentemente tenía un desarrollado sentido del humor), el fabiano. Se sabía un dios y trataba de mejorar la obra de un eventual creador: “Es muy posible que Dios haya creado el mundo en broma. Pero, en ese caso, debemos hacer todo lo que podamos para que, por lo menos, sea una buena broma.” Su ironía desconocía límites, solía satirizar, de modo implacable, al mundo que lo rodeaba, aún así, en 1925, el impetuoso y polémico genio recibió el codiciado Premio Nobel de Literatura. Al morir, luego de una buena vida de éxitos artísticos, como una paradoja de los tiempos difíciles que le correspondieron: el surgimiento y muerte del fascismo, dos pavorosas guerras mundiales, el nacimiento del mundo socialista y los procesos de descolonización, sobre su cabecera estaban las fotografías de Stalin y Gandhi.
La verdadera historia de Sísifo

cuento Tomas Bulfinch de rene aviles favila


Por años hemos vivido engañados, qué digo años, por siglos. Todos imaginan a las sirenas como afortunados seres mitad mujer y mitad pez. Yo mismo he llegado a visualizarlas de este modo, aunque en momentos albergué la sospecha de que la naturaleza o las deidades hubieran podido hacer una broma pesada al ponerlas al revés de nuestras creencias: del cuello hacia abajo, hermosos cuerpos femeninos y sobre los hombros cabezas de pez con ojos inexpresivos, repugnantes, fríos, y de esta manera lo escribí.

Estamos equivocados, así no eran las sirenas. No como lo propalaron algunos historiadores y poetas. La historia es cambiante y en nada se parece a una ciencia. Mejor dicho, en palabras del erudito Ángel Ma. Garibay: la antigua religión griega no era dogmática “como sucede con religiones elaboradas a un grado superior. Es natural que el pueblo y aun los sabios modificaran a su placer a veces los datos tradicionales.”

La verdad se ha impuesto, como suele suceder, y la teoría, alimentada por algunas ilustraciones en vasijas, murales y, desde luego en textos clásicos, ahora cobra certeza al encontrar una serie de pruebas irrefutables que nos muestran que las sirenas, a pesar de que vivían en los océanos, estaban formadas por un cuerpo de ave y rostro de mujer, en consecuencia, carecían de aletas y en su lugar tenían alas aunque eran incapaces de volar. Los pingüinos y las gaviotas, por citar dos especies de aves, viven cerca del mar, zambulléndose con frecuencia, encontrando un grato placer dentro de las aguas marinas, sin ser plenamente acuáticas. Según imágenes de la Grecia clásica, las sirenas realmente eran seres repugnantes y sólo un enfermo de zoofilia extrema tendría relaciones sexuales con ellas.

Al parecer, a la lujuria masculina le debemos la imagen de una bella y sensual mujer, de cabellos húmedos y ensortijados, con una cola de pez, sobre una roca, en espera de ilusos. El citado Garibay explica que “se les dio el sentido de seres ávidos de experiencias sexuales que por eso intentan atraer a los marinos y pescadores.” Ha sido, pues, una especie de símbolo sexual, pero, si uno se topara con una de ellas, ¿cómo hacerle el amor?

No quedan precisas las razones por las cuales se originó la confusión, pero no hay en nuestros días un libro o filme que al describir a las sirenas no las ofrezcan como mitad mujer, mitad pez. Quizá se deba a que resulta más atractivo un ser así que una simple ave, parecida a las de corral, indigna de aparecer en una historia con características de epopeya, cuyo rostro es de mujer fea. Es más bien ridículo. Pero así eran o son. En Sicilia, en una costa abandonada, han encontrado no sólo una multitud de pruebas pintadas en muros y representadas en desconcertantes esculturas, sino también restos fosilizados de una sirena: huesos de una especie gallinácea con cráneo femenino. Lo indican asimismo las historias en las paredes de un templo recién excavado por los arqueólogos, su función no era la de encantar y matar marinos: se limitaban a ser extraños personajes de diversión teatral: aparecían en los escenarios helénicos y cantaban ante una audiencia que no dejaba de comentar algo irreverente: Cómo era posible que a aquellos seres pequeños y ridículos, grotescos, Zeus les hubiera dado voces tan hermosas.

Las sirenas nacen de la musa Caliope y el dios-río Aqueloo, extraña unión que las engendró. Si hubo irreflexión e incluso perversidad al darles forma, fueron recompensadas con una voz de inmensa dulzura y musicalidad (heredada de su madre) que fue la perdición de muchos marinos que las escucharon cantar. Prueba de ello es el tormentoso retorno de Ulises a Ítaca y el osado viaje de los argonautas en busca del vellocino de oro. En el primer caso, Ulises se salvó al seguir la recomendación de Circe: su tripulación se puso cera en los oídos para evitar el canto de las sirenas, mientras él, fuertemente sujeto al mástil del barco, podía escucharlas. En el segundo, los argonautas evitaron la muerte porque entre ellos iba Orfeo cuya música era más sonora y hermosa que la de las sirenas.
Pigmalión, como es sabido, fue rey de Chipre. Las crónicas de aquella época narran que era un monarca desobligado con los asuntos de Estado. Prefería esculpir. En cuanto lograba deshacerse de las tareas de gobierno (todas llevadas a cabo con un total desgano) corría a su amplio taller y allí trabajaba con entusiasmo. Personas tan distintas como los historiadores y los literatos coincidían en afirmar que la escultura le absorbía todo el tiempo; en consecuencia, el pueblo pagaba la devoción del rey al arte.

El abandono llegó a ser completo cuando Pigmalión, sintiendo que ninguna mujer lo merecía, decidió esculpir una mujer perfecta. Luego de un intenso trabajo de muchos meses, pudo concluirla. La vio, la acarició y se sintió irremisiblemente enamorado de su creación. Esto es más o menos normal entre los artistas, que de pronto se prendan de sus más acabadas obras. Flaubert, por ejemplo, pasaba las noches pensando sexualmente en Emma Bovary y ninguna otra mujer le gustaba y algo parecido lo ocurría León Tolstoi, enamorado perdido como estaba de su Ana Karenina.

Pigmalión cada día le suprimía un pequeño defecto: mejoraba la sonrisa, los senos, el vientre, los muslos, hasta que Galatea (así la llamó) alcanzó, si esto es posible, la perfección.

Pero Galatea era de mármol. Pigmalión entonces acudió a la diosa Afrodita para que la convirtiera en un ser humano. La deidad cumplió con las desesperadas súplicas del rey. Cuando éste llegó al taller, distante del palacio real y de sus obligaciones como gobernante, la escultura había adquirido vida, había dejado la dureza y frialdad de la distinguida piedra para transformarse en suave carne. De inmediato hicieron el amor y unos cuantos días después, Pigmalión contrajo matrimonio con Galatea. Como es obvio, y así ocurre en algunas historias de amor, fueron muy felices, tanto que no se ocuparon de tener hijos.

Pero mientras que la pareja se entregaba a las delicias del sexo, el reino quedaba en ruinas. La miseria se adueñaba de las familias y los ladrones y saqueadores aprovechaban la ausencia de vigilancia y de leyes para apoderarse de los pocos bienes que quedaban. El mismo palacio fue una y otra vez víctima de los pillos. Un verdadero desastre, hasta que Pigamalión y Galatea fueron desterrados a una isla muy pequeña donde siguen siendo muy felices, plenamente enamorados y distantes de Chipre.

cuento La verdadera historia de Sísifo de René Avilés Fabila


La historia de Sísifo no es como aparece en libros de historia y mitología, poetizada. El hecho de subir un enorme peñasco a una alta cima en el Hades, todos los días durante una larga temporada, casi eterna, le dio al héroe una espléndida fortaleza física, músculos poderosos y en general una fuerza brutal que incluía un enfermizo deseo de vencer a toda costa la adversidad. De tal suerte que un día, aburrido del castigo impuesto por Zeus, tomó la roca entre sus manos y la envió con tal furia al Olimpo que mató de un solo golpe a toda la corte celestial. Se dio media vuelta e inició una nueva vida. La última vez que supieron de él, fue en plena época medieval: trabajaba en un circo como hombre fuerte capaz de soportar grandes pesos. La publicidad lo presentaba como el nuevo Hércules o Sansón redivivo. Estaba más o menos satisfecho; por comodidad se había convertido en cristiano y casado con la mujer barbada. Apenas mantenía el recuerdo de Zeus y había olvidado que se llamaba Sísifo.

resumen del libro Bodas de Sangre

AutorFederico García Lorca

Resumen:

Bodas de sangre es la tragedia por antonomasia, la pieza que lo lanzó a la fama tanto en España como en América, y la que une con más rigor el calado poético y la venta dramática del gran autor granadino.
El tema del amor irremediable, que exige el sacrificio de la vida, alcanza en esta tragedia el carácter clásico de un ritual. El mismo impulso de la pasión amorosa aparece en La casa de Bernarda Alba, pero esta vez enfrentado a la tiranía de una madre que encarna la represión como ley inmutable.
Una noticia publicada en un periódico local granadino en el año 1929 sobre un crimen en los campos de Nijar, sembró la semilla que originó la gestación de Bodas de Sangre, una de sus más importantes obras, en la pluma de Federico García Lorca.
Esta obra de teatro escrita en 1932 y estrenada un año después en Madrid combina las características de la tragedia clásica con las tradiciones de un pueblo español, e incorpora de manera novedosa en el teatro moderno la aparición de coros que describen los sucesos.
Al igual que en Yerma y La casa de Bernarda Alba las pasiones humanas son el eje central sobre el cual se teje el núcleo narrativo de la obra. La organización de una boda acordada entre dos familias, la indecisión de la novia y la aparición de un antiguo amor que no había podido concretarse por diferencias de clase, se conjugan para sostener un argumento marcado por la tensión que se va incrementando hasta culminar en un desenlace trágico.
Una tragedia amorosa funciona así como punto de partida para plasmar y desenmascarar los prejuicios sociales latentes en la sociedad española de principio del siglo XX.